Go en las Cárceles
por Roberto Ben
Presentación
Comencé a trabajar en la cárcel dando un taller de computación en el año 2000 en el marco del programa UBA XXII de educación en cárceles. Se trata de un taller extracurricular, es decir, no forma parte del cronograma de materias de ninguna de las carreras que se cursan en las cárceles; los/as estudiantes pueden ser de universidad y de escuela secundaria o primaria. Al principio trabajé en la cárcel de Devoto, hasta el 2004, y desde el 2004 hasta hoy trabajo en la cárcel de Ezeiza (Unidad 3 de mujeres).
Empecé a ir a Devoto a enseñar a usar el programa Word, pero con una intención personal de conocer cómo es una cárcel por dentro, sin estar preso :) , y conocer cómo vive una persona privada de su libertad. Lo vivía como un intercambio, ellos me enseñaban sobre la cárcel y yo les enseñaba a usar una herramienta informática.
Mi primer sensación al entrar por primera vez al centro universitario de Devoto, después de traspasar 7 enormes puertas de rejas con candados, cerraduras con llaves gigantes, que al cerrarse resonaban en todo el largo pasillo, fue de encierro... lógicamente.
Cuando entré a la sala de computación, allí me esperaban algunos presos con mate y galletitas, nos presentamos y luego de conversar un buen rato me di cuenta que ellos allí se sentían menos presos. Yo acababa de traspasar 7 puertas de rejas y de entregar al último guardia mi credencial de docente y sinceramente no pude más que sentirme preso y bastante nervioso, pero ellos (los presos) habían salido de su pabellón en el que estaban todo el día encerrados para ir a encontrarse con una cara nueva que venía con noticias de la calle, de afuera, a estar con ellos; en ese contexto ellos se sentían un poco libres. El buen trato y la cordialidad me hicieron sentir mucho más cómodo. A partir de ese día seguí yendo una vez por semana a dar una clase de dos horas y después me quedaba un rato más a conversar y tomar mate.
Un aprendizaje que puedo destacar de mis primeros tiempos en la cárcel fue el de reconocer que los delincuentes tienen muchísimos sentimientos, y no son personas frías dispuestas a matar o “afanar” al primero que se les cruce, que es la imagen que nos suelen dar los medios de comunicación. Yendo a Devoto establecí vínculos importantes con varios presos, algunos de los cuales seguí manteniendo cuando salieron en libertad.
De a poco y con el correr del tiempo amplié mi función docente de ir a la cárcel para enseñar a usar un programa. Daba talleres de Word y Excel, y comencé a plantear estos talleres como un espacio de libertad, en el que se pudieran experimentar prácticas de libertad. La cárcel cumple la función de encerrar los cuerpos, pero no contenta con esto encierra también los pensamientos, los sentimientos, los afectos, etc.
Lo que me propuse es que los programas que enseñaba a usar fueran para los presos una herramienta para poder expresarse, reflexionar, discutir, comunicarse con sus familias, etc. En función de esto, cuatrimestre tras cuatrimestre fui modificando la forma de dar clases pasando de clases muy expositivas a clases poco expositivas y más centradas en la actividad de los alumnos y sus necesidades. Fue muy interesante ver cómo esto repercutió en varios de mis alumnos, que después de terminado el taller seguían estudiando por su cuenta para mejorar un programita hecho en excel o para escribir una autobiografía en word, etc...
En el 2004 comencé a ir a Ezeiza (cárcel de mujeres). Allí la situación era bastante lamentable respecto de Devoto, no existía un centro universitario ni mucho menos. Había una única habitación para todas las actividades de la UBA y las pocas computadoras que había andaban mal y eran obsoletas.
De a poco se fue conformando un grupo universitario que fue solidificando sus vínculos y tomando parte activa en la creación de un centro universitario. En la actualidad la situación es completamente distinta. Consiguieron un espacio mucho más amplio y agradable, con un poco más de independencia, crecieron en número, en potencia para el estudio, en lazos de solidaridad y extendieron sus puentes con la sociedad a niveles que eran impensados tiempo atrás. Este crecimiento se debió fundamentalmente al impulso y la energía de muchas de las presas que transitaron por este lugar aunque también fue importante el apoyo que recibieron de las personas que vamos allí.
Personalmente siento que, como docente y como persona, crecí con y gracias a muchas de ellas. Paulatinamente cambié la enseñanza de word y excel por el aprendizaje de los programas Pagemaker y Nvu. El primero sirve para hacer revistas y el segundo para hacer páginas web. A los objetivos anteriores se sumó el siguiente: aprender a usar programas que permitan tender puentes con la sociedad. En este sentido decidimos hacer una revista que poco a poco las presas fueron apropiándose. Eligieron ponerle por nombre "Oasis" porque así es como sienten al centro universitario dentro de la cárcel. Posteriormente trabajamos en la construcción de una página web (http://www.fcen.uba.ar/cue/). También trabajamos en forma coordinada con Line Brouyeaux, socióloga belga que trabajaba en una cárcel de Bélgica, que en su visita a la Argentina armó un taller de teatro en la cárcel de Ezeiza en el que las presas que participaron pudieron expresar sus sentimientos y compartir sus emociones.
¿Por qué enseñar en la cárcel y por qué go?
Para empezar a responder esta pregunta, porque considero que a través del go se pueden trabajar profundamente las cuestiones mencionadas anteriormente. A través de este juego se puede trabajar la expresión, la comunicación, la convivencia, la libertad, el pensamiento, los sentimientos, etc. Pero quisiera traer aquí otras respuestas que he tomado de correos electrónicos que se enviaron a la lista cursogonogo en discusiones relacionadas con este tema.
Quiero empezar con un párrafo de un correo que envió hace bastante Rodolfo Bassarsky (alguien que conoce la cárcel mucho mejor que yo) a la lista cursogonogo. Su mensaje me pareció muy fuerte y contundente. Tanto que siempre quise responderle, aunque sea para decirle que lo había leído, y nunca pude (todavía tengo su mail en la bandeja de entrada esperando a ser respondido). A modo de respuesta, esta me parece una muy buena ocasión para leer unos párrafos:
“Existen entre otras, dos sensaciones trágicas durante el encierro: la primera se refiere a la pérdida de la dignidad, a sentir una permanente, agobiadora y demoledora humillación sistemática que se utiliza como herramienta de sometimiento presuntamente pedagógico. La segunda está referida a una percepción muy distinta del tiempo si se la compara con la de la vida en libertad; el tiempo sobra, es difícil ocuparlo satisfactoriamente, en especial si el preso es una persona inquieta acostumbrada a la economía del tiempo que siempre resulta escaso fuera de la cárcel. Se hicieron muchos escritores en la cárcel, muchos artesanos, etc. Pero la gran mayoría no tiene la habilidad o el talento necesario para inventar una grata y satisfactoria ocupación del tiempo ocioso y sucumbe jugando con las rayitas de las baldosas o con los insectos despanzurrados o las manchitas antropomórficas de las paredes sucias o con cierta frecuencia invirtiendo su tiempo en tareas no tan inocentes.
El aprendizaje de algo ya contribuye a paliar significativamente ambas tragedias: se logra recuperar aunque sea parcialmente la autoestima y se ocupa el tiempo enriqueciéndose, creciendo en un entorno de aplastamiento. Pero si el contenido de lo que se aprende es un programa informático (una herramienta versátil) o el go (otra herramienta de “amplio espectro”), lo aprendido tiene un efecto multiplicador dentro del alma propia y un efecto replicador porque surge la compulsión de enseñar.” (Rodolfo Bassarsky, en cursogonogo 13/07/07)
También quiero traer aquí algunas palabras de Franklin Bassarsky y Francisco Alí Brouchard al respecto:
“Todos o casi todos nosotros estamos convencidos de que el go le hace bien a la gente. Creo que en el caso de los presos este efecto beneficioso es especialmente grande porque el go es una disciplina, porque aporta experiencias y enseñanzas que tienen que ver con la libertad y porque contribuye a desarrollar un sentido del equilibrio en gente que se supone ha tenido conductas desequilibradas. El estudio y ejercicio de cualquier ciencia o arte y la práctica de deportes físicos me parecen las mejores soluciones para una situación en la que es importante no dejar impune la comisión de un delito, pero también no limitar la acción del Estado a un encierro que supuestamente elimine para los otros individuos el peligro de la comisión de nuevos delitos. Creo que el Estado debería respetar de verdad la dignidad de un preso como persona, como parte de una actitud general de la sociedad de acompañar el castigo con tratamiento respetuoso y si es posible afectuoso. El go es una ciencia, un arte, un deporte y una diversión, por eso me parece una "solución" especialmente adecuada. Lo veo como una excelente forma de combatir el ocio al que están condenados la mayoría de los presos, porque es un entretenimiento, pero mucho más que eso. Enseñar go en las cárceles, me parece, desde cierto punto de vista, más "eficiente" que enseñarlo en cualquier otro lado.” (Franklin Bassarsky, en cursogonogo 1/06/08)
“[…] me parece interesante [enseñar go en la cárcel por una cuestión que] me parece fundamental: se trata de un hecho político. Porque desde mi punto de vista […] el go es un juego político también, en el sentido de que instaura, durante el transcurso de una partida, una micropolítica, tanto en el sentido foucaultiano de las relaciones de poder en una formación social determinada (en este caso, en un nivel mínimo, en la relación interpersonal que se entabla entre los dos jugadores), como en el literal, es decir, plantea o construye un modelo de dinámica política en miniatura. En una partida siempre hay intercambio, negociación, fricción, rupturas y acuerdos, que no se enuncian, sino que se establecen a través del "lenguaje" del juego mismo. Si bien esto puede darse de alguna manera en muchos otros juegos […] el grado de plasticidad y multiplicidad que adquiere en el go no tienen, para mí, equivalente en otros juegos.” (Francisco Ali Brouchard, en cursogonogo 28/09/08)
El go en la cárcel de mujeres
Hace unos dos años Jorge Santkovsky me contó sobre el interés de llevar el go a la cárcel y charlé un poco con él sobre mi experiencia. Además le conté que había llevado a Ezeiza el Igowin (un programa gratuito para jugar go en 9x9) y que les había enseñado a jugar a algunas presas, pero no prendió mucho... probablemente porque fue algo muy informal y al pasar. Jorge me dijo que quizás se prenderían más si llevaba algunos librines y me propuso que armara un taller de go en Ezeiza. En realidad, fueron él y Carolina Díaz quienes me convencieron de que empezara con este taller.
El viernes 30 de mayo del año pasado llevé una donación de la AAGO de diez librines a la cárcel de mujeres. Las presas que asisten al centro universitario se entusiasmaron muchísimo. Para que tuviera más difusión decidieron que iban a llevar un librín con su tablero a cada pabellón y el resto los dejarían en la biblioteca del centro universitario.
Allí planteé la idea de hacer un taller de go y se anotaron varias chicas. Yo daba un taller de computación y teníamos ciertas dificultades para coordinar un horario, finalmente acordamos que sería una hora por semana, después del taller de computación. Lamentablemente la realización del taller de go quedaba supeditada al tiempo disponible posterior al taller de computación y esto redundó en que, por razones que nos excedían a quienes participábamos de este taller, perdamos varias reuniones.
Cuando comencé a enserña las reglas me sorprendió lo natural que les resultaron a algunas de ellas y lo interesante de sus interpretaciones. Cuando expliqué la "regla del suicidio" -no se puede jugar en una intersección sin libertades- Claudia me dijo "...y claro, no te vas a mandar en cana solito". Después, para explicar su excepción, rodeé al grupo con un solo ojo que había utilizado para explicar la regla y les dije que en ese caso no era suicidio, "no, ahí es como tomar el cuartel" me respondió Valeria.
Cuando me fui se quedaron jugando al come-come e instalando el igowin en todas las computadoras.
A la semana siguiente fui de nuevo, esta vez teníamos el tiempo contado, por lo que pudimos dedicar muy poco tiempo al go. Llevé algunos problemitas sencillos y tres de tsumego menos sencillos con premio para quien los resolviera para la semana siguiente. Los problemas que llevé eran para 20k, 10k y 1d y los premios eran acordes a la dificultad. A pesar de la buena intención, creo que no fue una gran idea. Ya el problema para 20k era muy difícil para ellas que recién habían aprendido, los otros dos eran directamente incomprensibles. Fue como ponerles un obstáculo “imposible” de saltar.
Otra dificultad que noté es que, al tener el programa igowin, algunas jugaban más con la computadora que entre ellas. Comencé a entender que para muchas era una dificultad enfrentarse en una partida con una compañera.
Después de unas clases llegó el receso de invierno y quedamos en continuarlo cuando comenzara el segundo cuatrimestre. Siete chicas fueron las que siguieron jugando y aprendiendo (más algunas que "espiaban" pero no se animaban...). Brenda, de Sudáfrica, Ana, cubana, Mabel, creo que de Perú y Ana, Claudia, Eliana y Valeria argentinas. La mayoría jóvenes, con edades que van de los 19 a los treinta y poco (excepto Claudia que supera los cuarenta).
Jugábamos en los tableros de 9x9 que donó la AAGO y en uno de 13x13 que llevaba yo. Esto era suficiente porque al ser principiantes les costaba mucho dar por terminado un partido en 9x9. Seguían jugando hasta que ya casi no se podían poner más piedras.
En resumen, durante las primeras clases que tuvimos: aprendimos las reglas; vimos cuándo un grupo con todas sus libertades exteriores tapadas vive, dependiendo de la cantidad de libertades interiores (tres, cuatro, cinco, seis y siete) y de la forma en que están ubicadas; estudiar algunas técnicas de captura, siguiendo la línea del artículo de Fernando Aguilar y; resolver algunos problemitas sencillos de doble atari, snapback, conexión y vida y muerte.
Nos enfrentamos con dos tipos de dificultades para avanzar a paso firme. La primera era estructural y específica de la cárcel. Cualquier actividad que viene “de afuera” se enfrenta al problema de la asistencia. Por diversas razones es muy difícil que una presa pueda asistir regularmente a todas las clases. Esto dificulta la idea de establecer un cronograma o algo por el estilo. La segunda no es tan específica de la cárcel, aunque influye bastante: noté que les costaba mucho enfrentarse en un partido de go. Esto llevaba a que se limiten a jugar conmigo o contra la computadora y muy poco entre ellas. En una de las clases encaré esta dificultad invitándolas a jugar en lugar de dar clases. Además hablé de lo importante que es jugar con gente de un nivel similar para mejorar. Por ese tiempo empecé a preguntarme si no hubiera sido mejor dedicar el tiempo a jugar desde un principio y dejar que las preguntas y el estudio vengan después. No sé bien por qué, pero creo que estaba demasiado interesado en que aprendieran rápido a jugar y mejoraran su nivel a corto plazo.
Hacia principios de setiembre las clases se estancaron un poco. Cuando se planifica una actividad idealmente uno pretende que tenga una fecha de inicio, una regularidad (por ejemplo una hora por semana), un horario estable, una asistencia estable (aunque quizás eventualmente algún participante no asista), etc. Estos son requisitos que, por diversas razones, dentro de una cárcel no se consiguen facilmente.
Pero a pesar de las dificultades, creo que el balance del taller fue muy positivo. Creo que tanto ellas como yo hemos disfrutado de los momentos dedicados al go, y hemos sacado provecho de estos momentos. Hubo muchas situaciones conmovedoras, por citar algunas: al terminar una partida, una chica me preguntó si podría ir a jugar a la AAGO cuando saliera en libertad. Obviamente le respondí que sí y ella, con cierta dificultad y un poco de vergüenza, me pidió que si nos veíamos no dijera de dónde la conocía. Brenda estaba interesada en jugar en tableros “grandes” y, como no teníamos, me contó que en el taller de serigrafía habían construído dos tableros de 19x19 (no pude verlos pero parece que se confundieron y los hicieron de 20x20 porque tomaron 19 casilleros en lugar de 19 líneas). Un día, entre las asistentes a la clase de computación, Mabel era la única chica de las que estaban jugando al go y, como estábamos con poco tiempo no pudimos dedicar tiempo al go. Cuando me iba Mabel me preguntó con mucho interés si íbamos a seguir jugando los viernes. Momentos como éstos son los que me hacen notar que, a pesar de las dificultades, hay semillas que quedaron sembradas. Además, tengo la sensación de que algunas de ellas experimentaron algún cambio positivo relativo a su lugar de poder en la relación con sus pares cuando comenzaron a soltarse a jugar con compañeras que no fueran del círculo de amistad más cercano.
Para terminar, en el último torneo Iberoamericano tuve oportunidad de conversar con Fernando Aguilar, Adriana Damiani, Denis Varela y otros jugadores de go, que me aportaron muchísimo contándome sus experiencias. Estos valiosos aportes, sumados a la experiencia adquirida en Ezeiza y las dificultades (de horario, asistencia, etc.) que conlleva enseñar en una cárcel, me hacen pensar que tal vez la mejor manera de encarar un taller en una cárcel sea enseñando las reglas del come-come y enfatizando el juego. Jugar y jugar y dejar que el resto vaya apareciendo de manera “natural”.


